la belleza/ bloc de notas 2

la belleza convulsa

LA BELLEZA CONVULSA

(O LA CONFIGURACIÓN DE LA MODERNIDAD: LA BELLEZA MELANCÓLICA, LA BELLEZA MORBOSA Y LA BELLEZA RABIOSA –POE, BAUDELAIRE, RIMBAUD-)

 

 

Al bostoniano Edgar Allan Poe le debo muchas cosas. En primer lugar, le debo haberme llevado a sentir la verdadera emoción por la lectura. La emoción al descubrir una literatura de impacto, de profunda fuerza dramática, que generó en mí una cantidad de nuevas sensaciones. Creo que marcó el fin de mi infancia.

También me descubrió la existencia de personas con una sensibilidad singular, que les hace vivir en otros mundos ajenos a la vulgar cotidianidad que siempre impera en las sociedades. Le debo ese perverso placer que produce adentrarse en tenebrosos e inquietantes ambientes y la querencia por tortuosos amores imposibles. Poe fue una figura clave para reconocerme como individuo.

Por otro lado, él fue quién me acercó a la poesía, a una poesía que realmente tuvo la capacidad de motivar mi interés. No solo me llevó a sus grandes poemas, como “El cuervo”, “Las campanas”, “Annabel Lee”, “Leonore”,… sino que además me dirigió hasta el “maldito” parisino Charles Baudelaire, pudiendo llegar, a través de este, al depravado “enfant terrible” y genial Arthur Rimbaud, uno de los más grandes artistas de la historia. Estos tres poetas, en distintos momentos de mi adolescencia y juventud, me hicieron entender el espíritu de la modernidad y la complejidad de la naturaleza humana en relación con nuestro entorno, la maldad, el sexo y el amor, la muerte y el inestable e incierto paso por la vida.

El título de este escrito, La Belleza Convulsa, proviene, como es bien sabido, de la última frase del relato surrealista “Nadja”, de André Bretón: “La belleza o será convulsa o no será”. (Esta sentencia la reformula y amplía Bretón en algunos escritos posteriores: “La belleza convulsa será erótico-velada, explosivo-fija, mágico-circunstancial, o no será”, e incluso llega a formar parte del lenguaje psicoanalítico en palabras de Lacan: “La belleza será estercolaria o no será”.) El éxito de esta máxima se debe a que representa muy bien el cambio producido en la modernidad en la relación del Arte y la Belleza, alejándose esta de los valores clásicos de equilibrio y armonía. En un mundo industrializado, sucio y convulso en muchos aspectos, la belleza también debería ser convulsa. Este nuevo punto de vista hacia la Belleza, -que podría trazar una línea de William Blake a David Lynch- me parece que queda muy bien definido y fijado a partir de la triada de los tres poetas objeto de estas reflexiones.

Aún recuerdo, como si tuviera el libro en mis manos, la lectura del cuento “El pozo y el péndulo”. No tengo muy claro dónde, ni en qué momento realicé esa lectura, pero lo que realmente me ha quedado indeleble es la impresión. Una impronta angustiosa y una excitante sensación. No recuerdo donde leí el relato porque yo estaba sin duda tumbado en ese incierto y oscuro lugar, sintiendo el frio y la humedad, oyendo ese silbido que se acerca amenazante.

Poe es un arquitecto de la narración y un ingeniero de las palabras, pero esas no son sus mayores virtudes, que no dejan de ser unas estimables capacidades técnicas. Su mayor mérito, a mi modo de ver, es su capacidad de, desarrollando una sofisticada estructura, hacernos partícipes como individuos de cada una de las sensaciones, sentimientos y emociones de todos los aspectos de sus escritos. Parece conocer cada uno de nuestros ocultos y oscuros rincones del alma y a ellos se dirige.

Poe está en conflicto con la sociedad. Como miembro consciente de una “aristocracia artística”, se siente alejado del utilitarismo y el igualitarismo democrático. Además, su apuesta por vivir de sus escritos –creando así un nuevo papel para el escritor moderno- le llevó a una vida de miseria y pesares. Por carácter y destino habitaba en la melancolía, junto a sus heroínas de pálida tez. “El Cuervo”, obra por la que ya merece acompañar a Cervantes en su “Viaje del Parnaso”, nos muestra en toda su grandeza, ese espíritu melancólico: “¿Qué asunto lleva más universalmente a la melancolía? Solo una respuesta: la Muerte; la muerte de una mujer hermosa es, pues, el motivo más poético que existe; y los labios únicos para darle completa expresión, son los de un amante desconocido”. El objeto final y único de la poesía de Poe es la Belleza, una melancólica belleza.

 

“La primera vez que abrí un libro escrito por él, vi con espanto y satisfacción, no solo temas que yo soñé, sino frases pensadas por mí y escritas por él 20 años antes”

El gran escritor norteamericano pudo obtener un reconocimiento en su país y en el resto de occidente a raíz del empeño personal y el punto de vista francés de otro de los grandes genios de la poesía, el parisino Charles Baudelaire.

Las palabras citadas anteriormente forman parte de una carta que este poeta dirige a Théophile Thoré en 1864, tras quince años de trabajo en la traducción de 5 volúmenes de obra del estadounidense. Una admiración que suponía una verdadera “hermandad” en el arte. Aunque pueda parecer difícil, muchas veces, como si se tratara de una peculiar “telepatía”, se descubren obras, planteamientos y estrategias que uno reconoce como propias, como salidas de nuestras manos y pensamientos.

La obra de Poe tiene muchos puntos en común con la de Baudelaire, en cuanto a intenciones, temáticas y uso del lenguaje. Pertenecen a un mismo linaje artístico. Forman parte de una avanzada élite de la creación. Una nueva dinastía en busca de una extraña Belleza. Si podemos decir de Poe que define una “belleza melancólica”, Baudelaire da un paso más allá en esa indagación desafiante, llegando a concebir una “belleza morbosa”.

Es posible que “Las Flores del Mal” haya sido el poemario que más me ha impactado e influido. Una obra que requiere de una gran complicidad con su autor, aunque éste, reafirmándose en su individualidad solitaria, te golpea en cada verso

 

“Tu le connnais, lecteur, ce monstre délicat,

-Hypocrite lecteur,-mon semblade,-mon frère!

 

En el arte de Baudelaire el sentido y objeto de la Belleza tiene un papel determinante. Abre un nuevo sendero que se adentra en el misterio de la vida y se aleja de autores como Friedrich Schiller, olvidándose del sentido moral de la Belleza que aspira a la verdad, y elimina de ella cualquier finalidad, estableciéndola, como al arte, en un fin en sí mismo.

 

“Viens-tu du ciel profond ou sors-tu de l’abîme,

Ô Beaute? Ton regard, infernal et divin,

Verse confusément le bienfait et le crime,

Et l’on peut pour cela te comparer au vin.”

 

En esa muestra de insatisfacción vital, esa ansia de descubrimiento de todas las dimensiones de nuestra existencia, Baudelaire reconoce a la Belleza donde antes no se había mirado (“El sol iluminaba la corrupción oscura”), la Belleza en la cara oculta y vergonzante del mundo: “Lo feo puede ser hermoso, lo bonito nunca.” Una Belleza que como escribe en su “Himno”, es comparable al vino por su capacidad para embriagarnos, para aterrorizarnos, para producir los más altos placeres y llevamos a las más duras torturas, una ambigüedad donde se muestra lo divino y lo satánico.

 

“Mortel, ange et démon,

Autant dire Rimbaud.”

 

Hablando de lo divino y lo luciferino, de ambigüedades y contradicciones, estas palabras las escribió el poeta Paul Verlaine, maestro, amante y compañero de perversas escapadas de nuestro tercer protagonista.

En este proceso encadenado de recalificación de la Belleza, nuestro joven poeta Arthur Rimbaud da un paso definitivo que lo lleva a callejón sin salida, a una vía muerta. Él que considera a Baudelaire como un “Dios” por reconocer en su obra una nueva visión de la Naturaleza cruda y despiadada, comienza así su “Una temporada en el Infierno”:

“Un soir, j’ai assis la Beauté sur mes genoux. –Et je l’ai trouvée amère. –Et je l’ai injuriée.”

 

El bello y desaliñado adolescente de ojos azules y “las suelas de viento”, devorador de literatura y prodigio en la alquimia de la palabra, huye de todo. Huye de la familia, huye de la tradición, huye de los sentimientos y finalmente huye de la poesía. Si Poe y Baudelaire no encajan en la sociedad y esta llega a triturarlos, Rimbaud la detesta, la aborrece. Es su enemiga. Su odio es superior a cualquier otro sentimiento. De hecho, no tiene otros sentimientos. No tiene corazón (así firma algunas de sus cartas: “El sin corazón”). No hay cabida para la moralidad en su ser. Odia a todo el mundo por igual. Nos odia y escribe para que lo tengamos claro. Nos insulta, excreta sobre nosotros, nos injuria y maldice.

 

“Seguirás siendo hiena…”, bramaba el demonio que me coronó con agradables adormideras. “Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales”.

 

Rimbaud está en el vértice de la pirámide jerárquica del patriciado artístico. Él se considera “vidente”, un médium, una casta superior fuera de la Humanidad. La Humanidad ni le importa ni le interesa: “Te pertenezco, Naturaleza, madre mía”, escribe.

Odia a la vida pero necesita vivir todo sin ningún tipo de límite para poder escribir, y esa necesidad le lleva a vagar de un sitio a otro. No estar nunca en el mismo lugar, no enraizar. Huir siempre desafiando cualquier ley humana y divina, buscando “la clave del antiguo festín” donde recobrar el apetito.

Creo que Rimbaud es uno de los artistas que mejor ha comprendido el Arte. “El arte es un veneno que no tiene antídoto” dijo otro hombre preclaro. Muchos entienden el Arte como una serie de actuaciones amables que endulzan la realidad, pero realmente es una de las maneras más radicales de enfrentarse a ella, llevándonos a territorios peligrosos de desasosiego, incertidumbre, conflicto y sufrimiento. Intentar entender la naturaleza del Arte y llegar a ser un “verdadero” artista fue lo que hizo que Rimbaud pasara “Une saison en enfer”. Espantado y sabiendo, como dijo Julio Juste, que no existe el antídoto cuando has bebido del veneno, nuestro poeta, efectivamente convertido en visionario, y antes de que fuera demasiado tarde, termina huyendo de la poesía, de la creación, de la búsqueda y se refugia en la contabilidad, en el comercio… en una vida ordinariamente mundana:

 

“…conocí momentos comunes, sin grandes impresiones, dirigiendo mi mirada sobre las cosas de una manera lo más natural posible, lo más banal, lo más cotidiana posible. Es eso lo que yo quería de hecho. El antimomento excepcional.”